¿De quién es la culpa?

Cuando hombres y mujeres se convierten en papá y mamá, ponen sus esperanzas en que sus vástagos seguirán sus pasos, tanto en la educación como en la fe que les impartirán en casa.

Las familias asisten con sus niños a la congregación, les hacen participar de la Escuela Dominical, de las actividades para niños, los programas navideños, etc. Así, van pasando los años hasta que esos niños son adolescentes y/o jóvenes; y un porcentaje de ellos son absorbidos lentamente por presiones de las amistades a nuevas experiencias fuera de la “iglesia”.

Cuando aparece o se visualiza esta problemática en la familia empiezan las preguntas: ¿qué pasó con tan lindo niño/a si siempre congregaba?, ¿qué faltó en su enseñanza para que ahora se descarríe así? o la trillada frase “la culpa la tiene la iglesia porque no lo pudieron contener…”

En la historia del pueblo de Israel pasó algo similar. El libro de los Jueces 2:7, 10 nos relata que la nueva generación que ya estaba en la tierra prometida no conocía al Señor ni recordaba todas las cosas poderosas que él había hecho por sus padres, por ende, una vez que todos los lideres principales del pueblo hubieron muerto, se descarriaron completamente.

¿De quién fue la culpa…? ¿de Josué como líder?, ¿del nuevo contexto cananeo donde vivían? ¿Cómo pudo ocurrir esto frente a tan grandes evidencias del cuidado y del plan de Dios para con Su pueblo?

En Deuteronomio 6:1-6; 11:18; 30:14; 32:46 vemos que el pueblo que estaba por entrar a la tierra prometida ya sabía que debían enseñar de generación en generación todo lo que Dios había hecho por ellos: las maravillas, la mano poderosa de Dios y las promesas de larga vida sí el pueblo vivía en obediencia y amor para con su Señor.

En Josué 24, ante su inminente despedida, Josué le recuerda al pueblo la historia de la mano poderosa de Dios para con ellos. Eran una generación que desde muy pequeños habían escuchado y por qué no, evidenciado al Dios de sus padres.

Si hemos leído la historia del pueblo en el libro de los Jueces hacia adelante, sabemos que el pueblo fue hacia la decadencia espiritual, terminando en la cautividad y destierro; así, se perdieron muchas generaciones en esos cientos de años.

En la tradición judía tenían la costumbre de mirar hacia el pasado para no cometer los mismos errores en el presente y futuro.

Ahora, ante la experiencia de esa generación de Israel, surgen otras preguntas para nuestros días:

¿Cómo nos servirá esta práctica de mirar hacia lo que erramos antes, para poder mejorar hoy día? ¿Nuestros hijos aman al Dios de sus padres o ya se convirtió en El Dios de sus vidas? ¿Nuestro hogar vive la fe que profesa? ¿La nueva generación realmente está experimentando a ese Dios poderoso o simplemente escucha de Él?

El desafío que tenemos por delante es llegar con el mensaje de salvación a las nuevas generaciones: a los niños y adolescentes que necesitan experimentar a ese Dios que los ama y quiere ser parte fundamental de sus vidas.

Como padres y líderes, hagamos el trabajo que Dios puso en nuestras manos: SER PADRES Y LÍDERES llenos de Dios para demostrar a nuestros hijos lo maravilloso y grandioso de nuestro Dios.

Miremos retrospectivamente nuestros errores, pidamos la ayuda del Señor para mejorar cada día como papás y mamás, como líderes de nuestros hogares. Estamos comenzando un nuevo año, seamos diferentes con nuestros niños y con nuestros adolescentes en casa, mostrándoles que el Dios nuestro es también Su Dios que los ama, que los guarda de todo mal y que está dispuesto a estar con ellos todos los días de su vida.

Escribamos una nueva historia en nuestra familia.

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